Por si acaso no volase:
dejadme los manguitos
donde pueda verlos,
que para soñar a lo grande
primero hay que saltar, y
luego estar preparado
para ahogarse.
Una nube que cae del cielo,
un bebé que se levanta
a gatas, un hombre
que los mira. Y les
tiene la mano, les
señala una dirección,
-para que cierren
los ojos-, -para
que emprendan camino-.
Pues a correr
se aprende corriendo
hasta que la nube
asciende, y el bebé
se hace hombre
-con los ojos cerrados-
porque a correr
se aprende soñando.
¡Me pesan las pestañas!, he
perdido los calzoncillos,
hay morriña en mi habitación.
La cama me ha dado de lado
-ahora estoy en el apartado frío-,
ya me gustaría dormir
y que peleándome con las sábanas
mi cuerpo solitario
se vista solo-y es que
me pesan las pestañas,
las uñas, los pelillos del dedo gordo
del pie-.
Pero ahora me amenazan
las zapatillas, es hora
de salir a la calle
-de rutina-,
y de pensarlo
huyo a mi guarida nocturna.
No me apetece ver
las caras
de siempre. Ni
buscar los calzoncillos
que habrán hivernado
en algún lugar
del lado caliente,
ese que nunca encuentro
en los flecos de mis sábanas,
-cuando me pesan
hasta las pestañas-.
-Poema editado temporalmente-
Navegante hay barcos vacíos
que salen a la mar
y no los empuja nadie,
hay barcos grandes
pequeños y bonitos
y a veces se sumergen
porque persiguen su ancla
para no estar solos
cuando salen a la mar.
Navegante yo soy un barco
solitario, te escribo
porque estoy naciendo
en la orilla, y el oleaje
me aviva en su murmullo
mojado. Navegante
tus manos me ha dejado aquí,
pero ya no me empujas
ya he naufragado,
y me siento vacío.
Navegante soy
un navío de papel.
-Poema editado temporalmente-
Cuando mi asesino,
grano de arena
o relog con él infinito,
se digne
a decir: “Le he matado”,
vosotros sabreis,
que no he muerto,
solo he desparecido
y me he dejado los versos.
Hoy me he despertado con los dedos
huesudos,
y las sábanas entremetidas
por las orejas:
tanto que piel y tela eran una
una tan compacta y pegajosa
como el sudor
que me acompaña
en las mañanas
de vernao.
¿Sabes?, Hay más de mil
guerras en la puerta
de tu casa, de todas ellas
tu solo conoces una:
(la que está debajo
de la alfombra)
repeinada, bien vestidita
incluso dirías: parece buena,
pero somos tan ingenuos
que más tarde, demasiado tarde
quizás nunca, nos escucharemos
decir:
-deja de mentirnos,
hay guerras, hay hambre-
Y pondremos grilletes
al señorío señor poder
que mata por dinero
y esconde los genocidios
en el bolsillo
de su monedero.

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